viernes, 19 de diciembre de 2008

LA PRESENCIA DE DIOS


Cuánto amor, cuánto amor me sé de ti
aunque pasen los días, pase el frío,
pase la oscuridad dentro del llanto
siguiendo a nuestro sueño o al extravío...

Cuánto se me ha dejado en la mirada,
en la verdad del alma y del sentido,
que ya no tengo miedo del pasado,
de levedad posible en el olvido.

Totalmente el afín que te he cantado...,
totalmente el por fin que te he dormido
en tu voz como sed de hondura dulce,
un clamor que crepita de gemidos.

El que es nada y lo es todo, imaginando
amor frente al Naciente, con el grito,
imaginando azul en las ventanas,
imaginando más, como infinito.

El que es pintado por las noches solas,
el que a golpe de sangre se ha escrito
sobre tu lealtad, Amor, eterno...,
el parecido al más ciego designio.

Cuánto amor, cuánto amor por ti me sé,
oh tan por ti, a la muerte se lo digo;
a los fracasos, a cualquier destierro,
a los desvelos, sí, y a los baldíos.

El que te está besando, ahora, ahora
y siempre ya a un irreparable rito,
el que te besa irreparablemente,
sin que haya marcha atrás en el camino.

El que te corazona desde lejos
de vuelos lánguidos y de silbidos...,
más el que te esperanza en los naufragios
insalvables de un terco precipicio.

Cuánto amor, cuánto amor me sé de ti,
oh tan por ti, a la muerte se lo digo;
a los fracasos, a cualquier desnombre,
a los desvelos, sí, y a los baldíos.

El que te c-alma de jamás, de límites,
el que contra el sufrir nos da motivos,
el que no se desdice de amor nunca,
el que se asoma en Luz y... se hace niño.

Cuánto amor, cuánto amor me sé de ti
como encantándolo ya audaz de alivio
y emoción visceral, incorregible,
tal como ser tan tuyo y ser cariño.

El que es jardín con la belleza tuya,
pues... a ti te embellece en paraíso,
qué siempre tú por Bien y por montaña,
tú de atención y a su quererte mismo.

Oh por ti, bien se lo diré a la muerte,
a la turbiedad, sí, y a los cuchillos.
.

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